Jonathan enarcó una ceja con cinismo.

– Saber mi nombre es una cosa, pero ¿cómo puedes saber que me quieres? ¿Cómo puedes entregarme tu corazón? No me conoces nada, Lanny, y sin embargo te has declarado mía. -Se alisó la chaqueta una vez más-. Deberíamos volver afuera antes de que venga alguien a buscarnos. Lo mejor sería que no nos vieran juntos, ¿no crees? Sal tú primero.

Me quedé quieta un segundo, escandalizada. Estaba confusa, todavía poseída por los fantasmas de su deseo, su beso y el recuerdo de su erección en mi mano. En cualquier caso, él me había malinterpretado: yo no me había entregado a él; había declarado que él era mío.

– Muy bien -dije, y la decepción debió de ser evidente en mi voz, porque Jonathan me dedicó su sonrisa más atractiva.

– No te preocupes, Lanny. El domingo que viene… nos veremos después del oficio, te lo prometo. Tal vez pueda convencerte de que me des otro beso.


¿Quieres que te hable de Jonathan, de mi Jonathan, para que entiendas cómo podía estar tan segura de mi devoción? Era el primogénito de Charles y de Ruth Saint Andrew, y estos estaban tan contentos de haber tenido un hijo que le pusieron nombre de inmediato y le hicieron bautizar antes de un mes, festejándolo imprudentemente en una época en la que la mayoría de los padres no ponían nombre a un niño hasta que este había vivido algún tiempo y demostrado que tenía posibilidades de criarse. Su padre organizó una gran fiesta mientras Ruth estaba todavía recuperándose en la cama; hizo que todo el pueblo acudiera a tomar ponche de ron y té con azúcar, pastel de pasas y pastas de melaza; contrató a un violinista acadiano; tuvo música y risas tan poco después del nacimiento del niño que parecía que el padre estaba desafiando al diablo: ¡Atrévete a venir a llevarte a mi hijo! ¡Inténtalo y verás lo que te pasa!



21 из 442