
Retiré la mano. Noté un hormigueo. Todavía sentía su erección en la palma.
Él estaba jadeando, intentando controlarse, confuso al ver que yo me separaba de él.
– ¿No es esto lo que querías? -preguntó al tiempo que escrutaba mi cara, más que un poco preocupado-. Me has besado.
– Sí… -Las palabras me salían a trompicones-. Quería preguntar… Tenebraes…
– ¿Tenebraes? -Retrocedió, alisándose la delantera de su chaleco-. ¿Qué pasa con Tenebraes? ¿Y qué importa…? -Siguió retrocediendo, tal vez porque había caído en la cuenta de que había sido observado en la iglesia. Meneó la cabeza, como sacudiéndose el pensamiento mismo de Tenebraes Poirier-. ¿Y cómo te llamas? ¿Cuál de las hermanas McIlvrae eres?
No podía reprocharle que no estuviera seguro. Éramos tres.
– Lanore -respondí.
– No es un nombre muy bonito, ¿eh? -dijo, sin darse cuenta de que cualquier pequeña palabra puede herir el corazón de una chica-. Te llamaré Lanny, si no te importa. Bueno, Lanny, ¿sabes que eres una niña muy mala? -Había un tono de guasa en su voz, para hacerme saber que no estaba enfadado de verdad conmigo-. ¿Nunca te han dicho que no debes provocar a los chicos, y menos aún a chicos que no conoces?
– Pero sí te conozco. Todo el mundo te conoce -dije yo, un poco preocupada porque me considerara frívola. Él era el hijo mayor del hombre más rico del pueblo, el propietario de la empresa maderera alrededor de la cual giraba toda la colonia. Claro que todos sabían quién era-. Y… y creo que te quiero. Me gustaría ser tu mujer algún día.
