
—No veo cómo —dijo Miles sinceramente—. Seguro que tú lo echas más de menos a él que él a nosotros. Si no, nos habría enviado algo más que esa nota con un monosílabo que sólo nos alcanzó cuando llegamos a la Tierra. Los niños de once años suelen estar bastante centrados en sí mismos. Desde luego, yo lo estaba.
Ella alzó las cejas.
—¿Sí? ¿Y cuántas notas le has enviado a tu madre en los dos últimos meses?
—Es un viaje de luna de miel. Nadie espera que… De todas formas, ella siempre echa un vistazo a mis informes de seguridad.
Las cejas permanecieron alzadas. Miles añadió prudentemente:
—Le enviaré un mensaje desde la Kestrel también.
Fue recompensado con una sonrisa maternal. Ahora que lo pensaba, tal vez debería incluir a su padre en la dirección, aunque no podía decir que sus padres no compartieran sus misivas, ni que no se quejaran igualmente por su escasez.
Una hora de leve caos completó su traslado a la nave correo del Imperio de Barrayar. Los correos rápidos ganaban la mayor parte de su velocidad a costa de su capacidad de carga. Miles se vio obligado a renunciar a todo el equipaje que no fuera esencial. Todo lo demás, y era bastante, junto con un sorprendente volumen de objetos de recuerdo, continuaría viaje hasta Barrayar con la mayor parte de su séquito: la doncella personal de Ekaterin, la señorita Pym, y para gran pesar de Miles, los dos soldados de apoyo de Roic. Se le ocurrió demasiado tarde, cuando Ekaterin y él ocuparon su nuevo camarote compartido, que tendría que haber mencionado lo estrechitos que estarían. Había viajado en naves similares tan a menudo durante sus años en SegImp, que no le afectaban sus limitaciones…, uno de los pocos aspectos de su antigua carrera en que la pequeñez de su cuerpo había resultado una ventaja.
