Le pasó el visor y mostró la imagen de un cuadrúmano, vestido con un pantalón corto amarillo chillón y una camiseta, que se abría paso por un corredor a baja gravedad con la velocidad y agilidad de un mono que se mueve por las copas de los árboles.

—Oh —murmuró Ekaterin, recuperando rápidamente el control de sus rasgos—. Qué, uh… interesante. —Al cabo de un instante, añadió—: Parece práctico para su entorno.

Miles se relajó un poco. Fueran cuales fuesen las reacciones de Ekaterin a las mutaciones que estuviera viendo, serían derrotadas por su férreo control de los buenos modales.

Lo mismo, desgraciadamente, no parecía cumplirse con los otros miembros del Imperio ahora retenidos en el sistema de los cuadris. La diferencia entre mutación perniciosa y modificación benigna o provechosa no era admitida fácilmente por los barrayareses del campo. Teniendo en cuenta que un oficial se refería a ellos como «horribles arañas mutantes» en su informe, estaba claro que Miles podía añadir tensiones raciales a la mezcla de complicaciones hacia las que se dirigían a toda máquina.

—Te acostumbras a ellos rápidamente —la tranquilizó.

—¿Dónde conociste a una, si se mantienen apartados?

—Hum… —Tendría que mentir un poco—. Fue en una misión de SegImp. No puedo hablar de eso. Pero se dedicaba a la música, nada menos. Tocaba percusión con los cuatro brazos. —Intentó remedar el gesto y acabó golpeándose dolorosamente los codos contra la pared del camarote—. Se llamaba Nicol. Te habría gustado. La sacamos de un buen apuro. Me pregunto si llegaría a casa. —Se frotó el codo y añadió, esperanzado—: Apuesto a que las técnicas de jardinería en caída libre de los cuadris te resultarán interesantes.



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