
Ekaterin sonrió.
—Sí, desde luego.
Miles regresó a sus informes con la incómoda certeza de que no iba a ser una misión en la que convenía zambullirse sin preparación. Añadió mentalmente revisar la historia de los cuadris en su lista de estudios para los dos días siguientes.
2
—¿Tengo recto el cuello?
Los fríos dedos de Ekaterin trabajaron con profesionalidad el cuello de la camisa de Miles; él reprimió el escalofrío que le recorrió la espalda.
—Ahora sí.
—El hábito hace al Auditor —murmuró él.
El pequeño camarote carecía de comodidades como un espejo de cuerpo entero; tenía que usar a cambio los ojos de su esposa. Pero no lo consideraba una desventaja. Ella se apartó todo lo que pudo, medio paso hasta la pared, y lo miró de arriba abajo para comprobar el efecto de su uniforme de la Casa Vorkosigan: túnica marrón con el blasón de la familia bordado en plata en el alto cuello, puños bordados de plata, pantalones marrones con una tira de plata, altas botas de montar. En su tiempo, la clase Vor había estado formada por soldados de caballería. Ahora no había caballos en Dios sabía cuántos años luz, eso estaba claro.
Él tocó su comunicador de muñeca, para sincronizarlo con el que ella llevaba, aunque el de Ekaterin era más típico de una dama Vor, con un brazalete ornamental de plata.
—Te haré una señal cuando esté preparado para volver y cambiarme. —Indicó con la cabeza el sencillo traje gris que ella había colocado ya sobre la cama. Un uniforme para las mentes militares, ropa civil para los civiles. Y que el peso de la historia de Barrayar, once generaciones de condes Vorkosigan a su espalda, compensaran su baja estatura, su pose levemente encorvada. No necesitaba mencionar sus defectos menos visibles.
