
Él capturó su mano y le dio un beso en la palma.
—¿Eso lo dice la dama que estuvo sentada toda la primavera ante el replicador para estudiarlo? ¿Cuyos encargos de pronto parecieron requerir el doble de tiempo para ser terminados?
—Cosa que, naturalmente, no tiene nada que ver con que su señor apareciera dos veces por hora para preguntar cómo le iba.
La mano, liberada, le acarició la barbilla de manera muy halagadora. Miles pensó en proponer que pasaran por alto el aburrido almuerzo en compañía en el salón de pasajeros de la nave, ordenaran un servicio de habitaciones, se desnudaran de nuevo y volvieran a la cama para el resto de la velada. Sin embargo, Ekaterin no parecía considerar que hubiera nada aburrido en el viaje.
Aquella luna de miel galáctica llegaba tarde, pero quizás así era mejor, pensó Miles. Su matrimonio había tenido un comienzo bastante embarazoso: estaba bien que su acomodamiento hubiera incluido un tranquilo periodo de rutina doméstica. Pero en retrospectiva, le parecía que el primer año desde aquella memorable y difícil boda en el solsticio de invierno había pasado en unos quince minutos de tiempo subjetivo.
Habían acordado hacía tiempo que celebrarían el aniversario dando inicio a los niños en sus replicadores uterinos. El debate nunca fue cuándo, sino cuántos. Miles seguía opinando que su sugerencia de hacerlos todos a la vez resultaba admirablemente eficaz. Nunca había propuesto en serio aquello de que fueran doce; lo había dicho para empezar con esa cifra y quedarse con seis. Su madre, su tía, y lo que parecían ser todas las demás mujeres que conocía se movilizaron para explicarle que estaba loco, pero Ekaterin se limitó a sonreír. Se contentaron con dos, para empezar, Aral Alexander y Helen Natalia. Una doble ración de asombro, terror y deleite.
En el borde de la grabación vid, la Primera División Celular del Bebé fue interrumpida por el parpadeo rojo de un mensaje.
