Miles frunció el ceño levemente. Estaban a tres saltos del espacio solar, en la profunda ruta interestelar de un trayecto a velocidad subluz entre agujeros de gusano que debía durar cuatro días. En ruta hacia Tau Ceti, donde harían el trasbordo orbital a una nave con destino a Escobar, y de allí a otra en la ruta de salto por Sergyar y Komarr hacia casa. No esperaba ninguna llamada vid.

—Recibe —entonó.

Aral Alexander in potentia desapareció para ser sustituido por la cabeza y los hombros del capitán taucetiano de la nave de pasajeros. Miles y Ekaterin habían cenado en su mesa dos o tres veces durante esa parte del viaje. El hombre dirigió a Miles una tensa sonrisa y un gesto con la cabeza.

—Lord Vorkosigan.

—¿Sí, capitán? ¿Qué puedo hacer por usted?

—Una nave que se identifica como correo imperial de Barrayar nos ha localizado y requiere permiso para equiparar velocidades y abarloar. Al parecer, trae un mensaje urgente para usted.

Miles frunció aún más el ceño, y el estómago se le encogió. Sabía por experiencia que aquella no era la manera en que el Imperio transmitía buenas noticias. La mano de Ekaterin se tensó sobre su hombro.

—Por supuesto, capitán. Pásemelos.

Los oscuros rasgos taucetianos del capitán desaparecieron y, al cabo de un instante, fueron sustituidos por un hombre vestido con el uniforme verde del Imperio de Barrayar, con galones de teniente y la insignia del Sector IV en el cuello. Por la mente de Miles pasaron visiones del Emperador asesinado, de la Casa Vorkosigan arrasada hasta los cimientos con los replicadores dentro o, aún más horriblemente probable, de su padre sufriendo un colapso fatal… Temía el día en que algún estirado mensajero se dirigiera a él como conde Vorkosigan, señor.

El teniente lo saludó.

—¿Lord Auditor Vorkosigan? Soy el teniente Smolyani de la nave correo Kestrel. Tengo que entregarle un mensaje en mano, grabado con el sello personal del Emperador, y se me ordena que después lo traiga a bordo.



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