—No estamos en guerra, ¿verdad? ¿No ha muerto nadie?

El teniente Smolyani agachó la cabeza.

—No que yo sepa, señor.

El ritmo cardiaco de Miles se normalizó. Tras él, Ekaterin soltó un suspiro de alivio. El teniente continuó.

—Pero, al parecer, la flota de comercio de Komarr ha sido bloqueada en un lugar llamado Estación Graf, Unión de Hábitats Libres. Está clasificado como sistema independiente, cerca del borde del Sector IV. Mis órdenes de vuelo son llevarlo allí a toda velocidad, y esperar a su conveniencia después. —Sonrió un tanto forzadamente—. Espero que no sea una guerra, señor, porque parece que sólo nos envían a nosotros.

—¿Bloqueada? ¿No en cuarentena?

—Supongo que se trata de algún tipo de retención legal, señor.

«Me huele a diplomacia.» Miles hizo una mueca.

—Bien, sin duda el mensaje sellado lo aclara. Tráigamelo y le echaré un vistazo mientras nosotros hacemos las maletas.

—Sí, señor. La Kestrel abarloará en unos minutos.

—Muy bien, teniente.

Miles cortó la comunicación.

—¿Los dos? —dijo Ekaterin en voz baja.

Miles vaciló. No se trataba de cuarentena, según el teniente. Ni, al parecer, de una guerra abierta. «O al menos no todavía.» Por otro lado, no se imaginaba al Emperador Gregor interrumpiendo su largamente aplazada luna de miel por algo trivial.

—Será mejor que vea primero qué tiene que decir Gregor.

Ella depositó un beso en su coronilla y dijo simplemente:

—Bien.

Miles se llevó a los labios el comunicador personal de muñeca, y murmuró:

—Soldado Roic… a mi camarote, de servicio, ahora.

El disco de datos con el Sello Imperial que el teniente le entregó a Miles poco después estaba clasificado como «personal», no como «secreto».



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