

Carlos Fuentes
Instinto De Inez
A la memoria de mi adorado hijo
Carlos Fuentes Lemus (1973-1999)
1.
– No tendremos nada que decir sobre nuestra propia muerte. Esta frase circulaba de tiempo atrás en la vieja cabeza del maestro. No se atrevía a escribirla. Temía que consignarla en un papel la actualizaría con funestas consecuencias. No tendría nada más que decir después de eso: el muerto no sabe lo que es la muerte, pero los vivos tampoco. Por eso la frase que lo acechaba como un fantasma verbal era a la vez suficiente e insuficiente. Lo decía todo pero al precio de no volver a decir nada. Lo condenaba al silencio. ¿Y qué podría decir acerca del silencio, él, que dedicó su vida a la música «el menos molesto de los ruidos», según la ruda frase del rudo soldado corso, Bonaparte?
Pasaba las horas concentrado en un objeto. Imaginó que si tocaba una cosa, se disiparían sus morbosos pensamientos, se aferrarían a la materia. Descubrió muy pronto que el precio de semejante desplazamiento era muy alto. Creyó que si la muerte y la música lo identificaban (o se identificaban) demasiado como y con un hombre viejo, sin más recursos que los de la memoria, asirse a un objeto le daría, a él, a los noventa y dos años, gravedad terrenal, peso especifico. Él y su objeto. Él y su materia táctil, precisa, visible, una cosa de forma inalterable.
Era un sello.
No el disco de cera, de metal o plomo que se encuentra en armas y divisas, sino un sello de cristal. Perfectamente circular y perfectamente íntegro. No serviría para cerrar un documento, una puerta o un arcón; su textura misma, cristalina, no se adaptaría a ningún objeto sellable. Era un sello de cristal que se bastaba a si mismo, suficiente, sin ninguna utilidad, como no fuese la de imponer una obligación, trascender una disputa con un acto de paz, determinar un destino o, acaso, dar fe de una decisión irrevocable.
