
Todo esto podría ser el sello de cristal, aunque no era posible saber para qué podría servir. A veces, contemplando el perfecto objeto circular posado sobre un trípode junto a la ventana, el viejo maestro optaba por darle al objeto todos los atributos de la tradición -marca de autoridad, de autenticidad, de aprobación- sin casarse con ninguno de ellos por completo.
¿Por qué?
No sabría decirlo con precisión. El sello de cristal era parte de su vida cotidiana y como tal, lo olvidaba fácilmente. Todos somos a la vez victimas y verdugos de una memoria corta que no dura más de treinta segundos y que nos permite seguir viviendo sin caer prisioneros de cuanto ocurre alrededor de nosotros. Pero la memoria larga es como un castillo construido con grandes masas de piedra. Basta un símbolo -el castillo mismo- para recordar todo lo que contiene. ¿Seria este sello circular la llave de su propia morada personal, no la casa física que ahora habitaba en Salzburgo, no las casas fugitivas que fueron los hospedajes de su profesión itinerante, ni siquiera la casa de la niñez en Marsella, olvidada con tenacidad para no volver a recordar, nunca más, la pobreza y la humillación del migrante, ni siquiera la imaginable cueva que fue nuestro primer castillo? ¿Seria el espacio original, el circulo inviolable, íntimo, insustituible que los contiene a todos pero al precio de trocar el recuerdo sucesivo por una memoria inicial que se basta a sí misma y no necesita recordar el porvenir?
Baudelaire evoca una casa deshabitada llena de momentos muertos ya. ¿Basta abrir una puerta, destapar una botella, descolgar un viejo traje, para que un alma regrese a habitarla?
– Inés.
Repitió el nombre de la mujer.
– Inés.
Rimaba con vejez y en el sello de cristal el maestro quería encontrar el reflejo imposible de ambas, el amor prohibido por el paso de los años: Inés, vejez.
