
Él mismo mirándose solo frente al espejo y diciéndose, no estuve a la altura de mi encargo, traicioné mi arte, decepcioné a todos los que dependen de mi, el público, la orquesta y sobre todo el compositor…
Se observaba todas las mañanas en el espejo mientras se afeitaba y no encontraba ya al hombre que fue.
Incluso el entrecejo que con los años se acentúa, en él se había disipado, oculto por las incontrolables cejas que le crecían en todas las direcciones como a un Mefistófeles doméstico y que él juzgaba frívolo atender, más allá de un impaciente gesto de «quítate, mosca», que no alcanzaba a apaciguar la rebeldía canosa, tan blanca ya que de no ser por su abundancia, las haría invisibles. Antes, esas cejas inspiraban terror: ordenaban, decían que el claro resplandor de la frente joviana no debía engañar, ni la agitada cabellera rizada y negra: el entrecejo prometía castigo y esculpía, severamente, la máscara del conductor, los ojos indescriptiblemente intrusos, como un par de diamantes negros que ostentan el privilegio de ser joya en llamas y carbón inextinguible; la nariz afilada de un César perfecto, mas con las aletas anchas de un animal de presa, husmeante, brutal pero sensible al más ligero olor, y sólo entonces se dibujaba la boca admirable, masculina, pero carnosa.
