¿Qué le faltaba, entonces, sino la quinta sensación, la más importante para el, oír, escuchar la música del sello? Esto era dar la vuelta completa, completar el circulo, circular, salir del silencio y oír una música que habría de ser, precisamente, la de las esferas, la sinfonía celestial que ordena el movimiento de todos los tiempos y todos los espacios, sin cesar y simultáneamente…

Cuando el sello de cristal comenzaba, primero muy bajo, muy lejanamente, apenas un susurro, a cantar; cuando el centro de su circunferencia vibraba como una campanilla mágica, invisible, nacida del corazón mismo del cristal -su exaltación y su ánima, el viejo sentía primero en la espalda un temblor de placer olvidado, en seguida le atacaba una salivación indeseada porque él ya no controlaba con precisión el flujo de su boca claveteada de dentadura falsa y amarillenta, y como si la mirada se hermanase al gusto, perdía el dominio de sus lacrimales y se decía que los viejos disfrazan su ridícula tendencia a llorar por cualquier motivo, cubriéndola con el velo piadoso de una ancianidad lamentable -pero digna de respeto- que tiende a desaguarse como un odre traspasado demasiadas veces por las espadas del tiempo.

Entonces tomaba con un puño el sello de cristal, como para sofocarlo como a un castorcillo ágil e intruso, apagando la voz que empezaba a surgir de su transparencia, temeroso de quebrar su fragilidad en un puño de hombre aún fuerte, aún nervioso y nervudo, acostumbrado a dirigir, a dar órdenes sin batuta, con el puro florilegio de la mano limpia, larga, tan elocuente para los miembros de la orquesta como para el solo de un violín, un piano, un cello más fuerte que el frágil batón que él siempre despreció porque, decía, ese palito de utilería no favorece, sino que mutila el flujo de la energía nerviosa



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