
Iain M.Banks
Inversiones
Prólogo
El único pecado es el egoísmo. Eso decía la buena doctora. La primera vez que expresó esta opinión yo era lo bastante joven como para dejarme primero intrigar, y luego impresionar, por lo que tomé por una demostración de profundidad.
Solo más adelante, ya adulto, mucho tiempo después de que ella nos dejara, empecé a sospechar que lo contrario también era cierto. Se puede decir que, en cierto sentido, el egoísmo es la única virtud genuina y, consiguientemente —dado que los opuestos tienden a cancelarse— el egoísmo es en realidad neutro y carece de valor más allá de un contexto moral de apoyo. En los últimos años —mi madurez, si queréis, o mi vejez, si lo preferís así— he vuelto, con cierta renuencia, a apreciar el punto de vista de la doctora y a coincidir con ella, al menos hasta cierto punto, en la creencia de que el egoísmo es la raíz de casi todo el mal, si no todo.
Por supuesto, desde el principio supe lo que quería decir. Que cuando anteponemos nuestros intereses personales a los de los demás es cuando más probabilidades tenemos de hacer algo malo y que existe un punto común en la culpabilidad, sea la de un niño que ha robado en el bolso de su madre o la de un emperador que ordena un genocidio. Con estos dos actos, y cualquiera de los que hay entre medias, lo que venimos a decir es: nuestra gratificación nos importa más que las tribulaciones o angustias que podamos haberte causado a ti o a los tuyos con nuestras acciones. En otras palabras, que nuestros deseos son más importantes que tu sufrimiento.
La objeción que me surgió al llegar a la edad adulta fue la idea de que solo al actuar movidos por nuestros deseos, al tratar de obtener aquello que nos complace porque nos resulta grato, podemos crear riqueza, comodidad, felicidad y todo lo que la doctora, a su vaga y generalizadora manera, habría descrito como «progreso».
