
Sin embargo, con el paso del tiempo, tuve que admitir en mi fuero interno que aunque esta objeción podía ser válida, no es lo suficientemente universal como para cancelar del todo la afirmación de la doctora, y que por mucho que el egoísmo pueda ser en ciertas ocasiones una virtud, por su naturaleza es con mayor frecuencia un pecado, o la causa directa de un pecado.
A todos nos gusta pensar que no es que nos hayamos equivocado, sino que nos han malinterpretado. Nos gusta pensar que no estamos pecando, sino que hemos tenido que tomar una decisión difícil y que nos ceñimos ella. Providencia es el nombre de la corte mística y divinamente inhumana frente a la que esperamos que sean juzgadas nuestras acciones y que esperamos coincida en nuestro veredicto sobre nuestra propia valía y la culpabilidad o inocencia de nuestros actos.
Tengo la sospecha de que la buena doctora (como veis, también la estoy juzgando al llamarla así) no creía en la Providencia. Nunca supe con total certeza en qué creía, aunque siempre tuve la seguridad de que creía en algo. Puede que, a pesar de todas sus afirmaciones sobre el egoísmo, solo creyera en sí misma y nada más. Puede que creyera en ese progreso del que tanto hablaba o quizá, de un modo extraño, como extranjera, creyera en nosotros, en la gente con la que vivía y a la que quería, hasta un punto en que ni siquiera nosotros mismos podíamos creer.
Cuando se marchó, ¿nos dejó mejores de lo que éramos? Pienso que sí, sin duda. ¿Lo hizo por egoísmo o por altruismo? Creo que, al final, eso es lo de menos, salvo porque es posible que afectara a su paz mental. Esa es otra cosa que me enseñó. Que somos aquello que hacemos. Que para la Providencia —o para el progreso, el futuro, o cualquier otra forma de juicio que no sea nuestra propia conciencia— lo que hemos hecho, no lo que hemos pensado, será nuestra vara de medir.
De modo que lo que sigue es la recopilación de nuestros hechos en forma de crónica.
