—¿Cuál es el problema? —preguntó la doctora a Nolieti, quien por un instante pareció avergonzado.

—Bueno —dijo el torturador jefe tras una pausa—. No deja de sangrar por el culo, ¿sabes?

La doctora asintió.

—Debe de haber dejado que se le enfriaran los hierros —dijo tranquilamente mientras se agachaba, abría el maletín y lo dejaba junto a la bandeja de piedra.

Nolieti se le acercó y se inclinó sobre ella.

—Cómo haya ocurrido no es asunto tuyo, mujer —le dijo al oído—. Tú solo tienes que asegurarte de que se recupere lo suficiente para que podamos seguir interrogándolo hasta que nos cuente lo que el rey necesita saber.

—¿El rey lo sabe? —preguntó la doctora levantando la mirada con una expresión de interés inocente—. ¿Es que lo ordenó él? ¿Conoce la existencia de este desgraciado? ¿O fue el jefe de la guardia, Adlain, el que decidió que el reino caería a menos que este pobre diablo sufriera?

Nolieti enderezó la espalda.

—Eso no es asunto tuyo —dijo con tono de hostilidad—. Tú haz tu trabajo y luego lárgate. —Volvió a inclinarse y pegó la boca al oído de ella—. Y olvídate del rey y del comandante de la guardia. Aquí abajo el rey soy yo, y yo digo que te encargues de tus propios asuntos y me dejes los míos a mí.

—Pero es que esto es asunto mío —dijo la doctora tranquilamente, haciendo caso omiso de la amenazante y voluminosa figura del hombre que tenía a su lado—. Si supiera lo que se le ha hecho, y cómo, me sería más fácil tratarlo.

—Oh, podría enseñártelo, doctora —dijo el torturador jefe mientras miraba a su ayudante y le guiñaba un ojo—. Tenemos tratamientos especiales reservados para las mujeres, ¿verdad, Unoure?



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