Nolieti se volvió al oír que nos acercábamos.

—Ya era hora, joder —dijo, mientras clavaba la mirada sucesivamente, primero en mí, luego en la doctora y al fin en Unoure (quien, según pude ver, mientras la doctora volvía a guardarse el pañuelo en un bolsillo de la chaqueta, plegaba ostentosamente la venda negra que le habían ordenado usar con ella).

—Ha sido culpa mía —dijo la doctora con tono prosaico al pasar junto a Nolieti. Se inclinó sobre la espalda del cautivo. Hizo una mueca, arrugó la nariz, se colocó a un lado del artefacto y, con una mano en las anillas de hierro de la estructura, la hizo girar entre chirridos y crujidos hasta que el hombre volvió a encontrarse en una posición sedente más convencional. El infeliz tenía un aspecto horroroso. Su rostro estaba teñido de gris, la piel quemada en diferentes sitios y su boca y su mandíbula habían cedido. Había sendos regueros de sangre seca detrás de cada una de sus orejas. La doctora introdujo una mano por las anillas y trató de abrirle un ojo. El hombre emitió un terrible y sordo gimoteo. Hubo un sonido, una mezcla de succión y desgarro, y el prisionero soltó un ruido quejumbroso, como un aullido lejano, que tras unos instantes se transformó en un burbujeo rítmico y desgarrado, tal vez su respiración. La doctora se inclinó para inspeccionar el rostro del hombre y oí que soltaba un pequeño jadeo.

Nolieti resopló.

—¿Busca esto? —le preguntó a la señora y colocó un pequeño cuenco frente a ella.

La doctora miró apenas un instante el cuenco, pero esbozó una pequeña sonrisa dirigida al torturador. Devolvió la silla de hierro a su anterior posición y continuó examinando la espalda del reo. Separó de la carne unos andrajos empapados en sangre e hizo otra mueca. Agradecí a los dioses que no estuviera mirándome y pedí en silencio que lo que tenía que hacer no requiriera mi asistencia.



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