
La doctora lo miró unos instantes y a continuación se acercó la brasero e introdujo la espátula en los rescoldos. La madera prendió y se quemó. Mi señora se miró las manos y luego se volvió hacia Nolieti.
—¿Tenéis agua aquí abajo? Agua limpia, me refiero.
El torturador jefe hizo una seña a Unoure, quien desapareció entre las sombras durante un rato antes de traer un cuenco, en el que la doctora se lavó las manos. Estaba limpiándoselas en el pañuelo que le había servido de venda cuando el hombre de la jaula profirió un terrible chillido de agonía, se estremeció violentamente por unos momentos y entonces, de repente, se puso rígido y dejó de moverse. La doctora se acercó a él. Se disponía a llevarle una mano al cuello, cuando Nolieti, con un grito de angustia, la apartó, introdujo la mano entre las anillas de hierro y la puso sobre el punto del cuello que, según me ha enseñado la doctora, es el mejor lugar para comprobar si un hombre sigue vivo.
El torturador jefe se quedó allí, temblando, mientras su ayudante lo observaba con mirada de aprensión y terror. La expresión de la doctora era de torvo y desdeñoso divertimento. Entonces Nolieti se volvió hacia ella y le apuntó con un dedo.
—¡Tú! —siseó—. Lo has matado. ¡No querías que viviera!
La doctora, impasible, continuó secándose las manos (aunque tengo la impresión de que estaban más que secas, y temblaban).
—Yo me dedico a salvar vidas, torturador jefe, no a quitarlas —dijo con tono medido—. Eso se lo dejo a otros.
—¿Qué era eso? —dijo el torturador jefe mientras se agachaba rápidamente y abría de un tirón el maletín de la doctora. Sacó el frasco abierto del que ella había extraído el ungüento y lo agitó delante de su cara—. Esto. ¿Qué es?
