Churchill no apreciaba ni confiaba en Hoare y es posible que eligiera a su amigo Alan Hillgarth como funcionario encargado de las operaciones secretas en España (incluido el soborno de los monárquicos potencialmente afines), en parte para vigilar a Hoare. No cabe duda de que Hillgarth informaba directamente a Churchill.

Como embajador en otoño e invierno de 1940-1941, Hoare siguió un camino previsible. Franco y su principal ministro, el profalangista Serrano Suñer lo trataban con desdén; pero él logró establecer vínculos con los monárquicos y obtener importante información a través de ellos. Insistía en que, aparte de los sobornos, las actividades secretas en España se limitaran a la recogida de información; según él, no tendría que haber agentes del SOE -Special Operation Executive, es decir, de la Dirección de Operaciones Especiales- encargados de prender fuego a Europa, y rechazaba las propuestas de acercamiento de la oposición clandestina del ala izquierda, señalando que el de Franco era el Gobierno establecido, por cuyo motivo todos los esfuerzos británicos se tendrían que concentrar aquí. Éste me parece un argumento muy endeble: la amenaza de apoyo a la oposición habría conferido, sin duda, más recursos a Gran Bretaña. No obstante, el punto de vista de Hoare, como el de muchos conservadores británicos, coincidía emocionalmente con el de los aristocráticos monárquicos antirrevolucionarios. Hoare defendió con éxito una política de no asociación con la izquierda española, sembrando de este modo las semillas de la política aliada de la posguerra encaminada a dejar el régimen de Franco en su sitio.

Sin embargo, los puntos de vista de Hoare fueron cambiando a medida que la guerra seguía su curso y, para cuando terminó su servicio como embajador en 1944, ya se había convertido en un firme opositor a la idea de dejar el régimen de Franco en su sitio, abogando en su lugar por un programa de propaganda y sanciones económicas.



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