
Ahora, a mis veinticinco años, en lugar de dedicarme al golf o a la cerámica como tantas mujeres, mi hobby eran los hombres, y los coleccionaba como si de baratos souvenirs de Elvis se tratase. Tras observar los atractivos ojos azules de míster Mala Leche, comprobé los latidos de mi pulso cardiaco y el dolor entre mis muslos y me dije que también podía conseguirlo para mi colección. Sólo tenía que llevármelo a casa. O meterlo en la parte trasera de mi coche, o hacer una visita al servicio de mujeres.
– ¿Qué te ha traído por aquí? -pregunté finalmente, apoyando los brazos sobre la barra y ofreciéndole una estupenda panorámica de mis perfectos pechos.
Sus ojos parecían ardientes y hambrientos cuando apartó la vista de mi escote. Entonces abrió su billetera y me mostró su placa.
– Estoy buscando a Eddie Cordova. Me han dicho que le conoces.
Menuda suerte la mía. Un poli.
– Sí, conozco a Eddie.
Había salido con él una vez, si a lo que hicimos podía llamársele salir. La última vez que vi a Eddie fue en el lavabo del Jimmy Woo's, en estado comatoso. Tuve que pisarle la mano para que me soltase el tobillo.
– ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
