Un escalofrío se apoderó de mis muñecas y sonreí. Recorrí con la mirada sus fuertes brazos y su pecho hasta alcanzar sus anchos hombros. Todos los que me conocían sabían que seguía muy pocas reglas en lo que a hombres se refería. Me gustaban los tipos grandes y malos, aunque debían tener dientes y manos limpios. Eso era todo. Oh, sí, los prefería un tanto pervertidos, aunque no era imprescindible, pues con lo viciosa que era yo había suficiente para los dos. Desde niña, mis pensamientos habían tenido siempre el sexo como eje central. Mientras las muñecas Barbie de las otras niñas iban a la escuela, la mía jugaba a los médicos. Juegos que discurrían más o menos de este modo: la doctora Barbie examinaba el paquete de Ken y después follaba con él hasta dejarlo en estado de coma.

Ahora, a mis veinticinco años, en lugar de dedicarme al golf o a la cerámica como tantas mujeres, mi hobby eran los hombres, y los coleccionaba como si de baratos souvenirs de Elvis se tratase. Tras observar los atractivos ojos azules de míster Mala Leche, comprobé los latidos de mi pulso cardiaco y el dolor entre mis muslos y me dije que también podía conseguirlo para mi colección. Sólo tenía que llevármelo a casa. O meterlo en la parte trasera de mi coche, o hacer una visita al servicio de mujeres.

– ¿Qué te ha traído por aquí? -pregunté finalmente, apoyando los brazos sobre la barra y ofreciéndole una estupenda panorámica de mis perfectos pechos.

Sus ojos parecían ardientes y hambrientos cuando apartó la vista de mi escote. Entonces abrió su billetera y me mostró su placa.

– Estoy buscando a Eddie Cordova. Me han dicho que le conoces.

Menuda suerte la mía. Un poli.

– Sí, conozco a Eddie.

Había salido con él una vez, si a lo que hicimos podía llamársele salir. La última vez que vi a Eddie fue en el lavabo del Jimmy Woo's, en estado comatoso. Tuve que pisarle la mano para que me soltase el tobillo.

– ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?



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