Se trataba de un ladrón de medio pelo y, lo que era aún peor, un pésimo amante, por lo que no sentí el menor asomo de culpa de responder:

– Supongo que sí.

Sí, le echaría una mano a aquel tipo, y por el modo en que me miraba podía asegurar que él quería algo más que…


El teléfono que estaba junto al ordenador empezó a sonar. Jane Alcott apartó la mirada de la pantalla y de la última entrega de «La vida de Bomboncito de Miel».

– Maldita sea -gruñó. Pasó los dedos por debajo de las gafas y se frotó los cansados ojos. Por entre los dedos miró la pantallita del teléfono para saber quién llamaba. Respondió.

– Jane -dijo el editor del Seattle Times, Leonard Callaway, sin molestarse en decir hola-, Virgil Duffy va a hablar con los entrenadores y los directores deportivos esta noche. El trabajo es oficialmente tuyo.

Virgil Duffy, cuya corporación figuraba en la lista Fortune 500, era el dueño del equipo de hockey de los Seattle Chinooks.

– ¿Cuándo empiezo? -preguntó Jane poniéndose en pie. Cogió la taza de café y, al ir a beber, dejó caer unas gotas sobre su viejo pijama de franela.

– El día 1.

Comenzar el primero de enero le dejaba sólo dos semanas para prepararse. Dos días antes, Leonard le había preguntado si estaba interesada en cubrir el puesto del cronista deportivo Chris Evans, que estaba de baja por un tratamiento médico contra un linfoma. El pronóstico para Chris era bueno, pues no se trataba de un linfoma de Hodgkin, pero le mantendría alejado del periódico y alguien tendría que cubrir la información relativa a los Chinooks. Jane nunca habría soñado que sería ella.

Entre otras cosas, era columnista del Seattle Times y gozaba de cierto nombre debido a su columna mensual «Soltera en la ciudad». No tenía ni idea de hockey.

– Saldrás de viaje con ellos el día 2 -prosiguió Leonard-. Virgil quiere aclarar los detalles con los entrenadores, después te presentará al equipo, el lunes, antes de que salgáis.



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