– ¿Está… está ahí? -susurró.

Nada. Sólo el sonido de su propia respiración.

Se estremeció, no por primera vez. Hacía mucho frío y algo de humedad. El aire que respiraba olía a rancio. Y en un rinconcito de su cabeza, al fondo, en la oscuridad, donde yacía agazapada una niña aterrorizada, se agitaba una idea que ni siquiera se atrevía a contemplar.

No. Eso no.

No era eso.

Comenzó a sacar con cautela la mano derecha de debajo del cuerpo, muy lentamente. Se le había entumecido, sentía pinchazos y un hormigueo intenso, una sensación tan escalofriante como de costumbre. Apoyó la mano junto a la cadera y flexionó los dedos despacio mientras la sangre volvía a ellos. Le dieron ganas de llorar o reír. Sacó la mano izquierda y también la flexionó.

Sin querer admitir por qué lo hacía, deslizó las manos hasta la parte alta de los muslos y las subió luego por el torso, sin alargar los brazos, sin extenderlos de manera natural. Las deslizó hacia arriba, hasta que tocó la venda que le cubría los ojos.

Oyó que su aliento se quebraba en un pequeño sollozo.

No. No era eso.

Porque ella era una buena chica.

Empujó la venda hacia arriba, sobre su frente, sin abrir los ojos. Respiró hondo y procuró no pensar en lo estancado y denso que parecía el aire.

Por fin abrió los ojos.

Oscuridad. Una negrura tan completa que tenía peso y sustancia.

Parpadeó, volvió la cabeza adelante y atrás, pero no vio nada. Sólo… negrura.

En aquel remoto rincón de su cabeza, la niña gemía.

Lentamente, centímetro a centímetro, alargó las manos. Todavía tenía los codos doblados cuando sus manos tocaron algo sólido. Parecía… madera. La empujó. Con fuerza. Con más fuerza aún.

No cedió un ápice.

Intentó no dejarse dominar por el pánico, pero para cuando sus manos acabaron de explorar la caja en la que yacía, un grito acechaba ya al fondo de su garganta. Y cuando la niña agazapada en aquel rinconcito de su mente le susurró la verdad, el grito escapó por fin.



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