
«Te ha enterrado viva.»
«Y nadie sabe dónde estás.»
– Te digo que es inútil. -La voz del teniente Pete Edgerton era de una suavidad y una afabilidad poco frecuentes en un detective de crímenes violentos, pero en ese momento sonaba áspera. Y llena de reticente certeza-. Está muerta.
– Enséñame un cuerpo.
– Luke…
– Hasta que puedas enseñarme un cuerpo, no voy a dar por perdida a esa chica. -La voz de Lucas Jordan era, como siempre, calmada, pero en ella acechaba, también como siempre, cierta intensidad. Cuando Lucas se dio media vuelta y salió de la sala de reuniones, fue con el paso vivo y rápido de un hombre en excelente forma física que poseía energía suficiente para otros dos hombres. Quizá para tres.
Edgerton exhaló un suspiro, se volvió hacia los otros inspectores repartidos por la habitación y se encogió de hombros.
– La familia lo contrató y tiene el respaldo del alcalde, así que no tenemos autoridad para decirle que se largue.
– Dudo que nadie pudiera decírselo -dijo Judy Blake en un tono entre admirado y escéptico-. No dejará de buscar hasta que encuentre a Meredith Gilbert. Viva o muerta.
Un detective que estaba inspeccionando el montón de archivos que tenía delante sacudió la cabeza cansinamente.
– En fin, tenga el don que dicen que tiene o no lo tenga, trabaja por su cuenta y puede dedicarse a un solo caso el tiempo que haga falta. Nosotros no podemos permitirnos ese lujo.
Edgerton asintió con la cabeza.
– Ya hemos invertido más tiempo y muchos más agentes de los que podemos dedicar a un solo caso de desaparición en el que no hay ni una sola pista, ni una sola prueba de que esa chica fuera secuestrada contra su voluntad.
– Su familia está segura de que así fue -le recordó Judy-. Y Luke también.
