
Además de dolerme las piernas también me hormiguean y curvo los dedos para ver si dejan de picar. Pero no. Miro las llaves del auto en mis manos. Ahora es demasiado tarde para ir a un lugar seguro. La picazón ha cristalizado en un fuerte ardor. Con las llaves en el bolsillo, salgo a las calles, buscando un lugar para cambiarme. Mientras camino, monitoreo la sensación en las piernas que se traslada a los brazos y a la nuca. Pronto. Pronto. Cuando el cuero cabelludo comienza a hormiguearme, sé que ya he camindado todo lo que puedo, así que busco un callejón. El primero que encuentro está ocupado por dos hombres que se acurrucan juntos, dentro de una caja de cartón de un televisor de pantalla grande, pero elsiguiente está vacío. Voy rápido hasta el extremo, me desvisto detrás una barricada de tachos de basura y oculto la ropa bajo un diario viejo. Entonces comienzo el Cambio.
Mi piel se estira. La sensación se hace más honda y trato de bloquear el dolor. Dolor. Que palabra trivial: mejor diré agonía. No se puede decir que es sólo "dolorosa" la sensación de que lo despellejen vivo a uno. Respiro hondo y concentro mi atención en el Cambio, bajando al suelo antes de que me doble en dos y me vea obligada a hacerlo. Nunca es fácil. Quizás aún soy demasiado humana. Esforzándome por mantener el control de mis ideas, trato de anticipar cada fase y pongo el cuerpo en posición adecuada, con la cabeza gacha y los brazos y piernas encogidas, los pies y las manos flexionadas y la espalda arqueada. Se me forman nudos y tengo convulsiones en los músculos de las piernas. Me esfuerzo por respirar y relajarme. Sudo y el sudor cae de mi cuerpo a chorros, pero los músculos finalmente se ablandan y aflojan. Luego vienen los diez segundos de infierno puro que antes me hacían jurar que preferiría morir antes que soportarlo otra vez. Entonces se acaba.
Cambiada.
