
Me estiro y parpadeo. Cuando miro en derredor, el mundo ha mutado en una paleta de colores desconocidos al ojo humano, negros y marrones y grises con tonos sutiles que mi cerebro aún convierte en azules y verdes y rojos. Alzo la nariz e inhalo. Percibo rastrosde asfalto fresco y tomates podridos y plantas en macetas en lasventanas y sudor de veinticuatro horas y un millón de cosas, que se mezclan en un olor tan agobiante que me obliga a toser y sacudo la cabeza. Al volverme, alcanzo a ver fragmentos de mi reflejo en una lataabollada. Mis ojos me devuelven la mirada. Estiro los labios y me gruño. Destellan colmillos blancos en el metal.
Soy unaloba, una loba de sesenta y cinco kilos con un pelaje rubio descolorido. Lo único que queda de mí son mis ojos, chispeantes de una inteligencia fría y una ferocidad que arde a fuego lento, que nunca podría confundirse con nada que no fuera humano.
Miro en derredor, volviendo a inhalar la fragancia de la ciudad. Aquí estoy nerviosa. Demasiado encerrada, confinada, apesta a humano. Debo tener cuidado. Si me ven, creerán que soy una perra, de una cruza de razas grandes, quizá de perra esquimal con Labrador amarillo. Pero una perra de mi tamaño causa alarma cuando anda suelta. Voy hacia el fondo del pasaje y busco una salida a través del pliegue debajo de la barriga de la ciudad.
Mi cerebro está atontado, desorientado no por mi cambio de forma sino por lo desnaturalizado de lo que me rodea. No logro orientarme y el primer callejón por el que doblo resulta ser el que había encontrado en mi forma humana, el de los dos hombres en la caja de Sony descolorida. Uno de ellos está despierto ahora. Tira de los restos de una frazada con costras de roña, como si pudiera estirarla lo suficiente para protegerse de la fría noche de octubre. Alza la vista y me ve y sus ojos se abren. Comienza a retirarse, luego se contiene. Dice algo. Su voz me habla con ese tono musical, exagerado, que la gente usa con los infantes y los animales.
