
Miré de nuevo al precipicio. Este se obscurecía según se profundizaba y tenía el aspecto de algo siniestro que carecía de fondo. Tomé en mis manos un trozo de hielo cortado en el borde del precipicio -tal vez por el pico de minero utilizado al cortar los peldaños- y lo tiré al fondo. Desapareció rápido de mi vista, pero no oí su caída. Por mi mente cruzó una idea: ¿por qué no empujar hacia el precipicio al brujo que se me ha pegado? Si yo me lanzara sobre él y lo agarrara por las piernas…
– No creas que lo lograrás -me dijo.
Al principio me turbé y sólo después caí en la cuenta.
– ¿Has pensado en ello?
– Naturalmente.
– Peleemos, entonces. Tal vez uno de nosotros mate al otro.
– ¿Y si ambos nos matamos?
Estábamos frente a frente, furiosos, coléricos, proyectando sombras completamente iguales sobre la nieve. De pronto, a ambos nos pareció cómico.
– Esto es una farsa -proferí-. Cuando regresemos a Moscú nos mostrarán en un circo: "Los dos Anojin".
– ¿Por qué en un circo? Más bien en la Academia de Ciencias: "Un nuevo fenómeno tan extraordinario como las nubes rosadas".
– Como las nubes que no existen.
– ¡Mira! -exclamó señalando hacia el cielo.
En el azul tenue del cielo se movía una nube rosada. Una sola, sin otras acompañantes, como una mancha de vino sobre el mantel. Se aproximaba muy lentamente y a baja altura, a mucha menor altura que las nubes de tormenta; además, no parecía una nube. Yo incluso no la compararía ni con un dirigible. Asemejábase, más bien, a una masa rosada obscura, extendida sobre la mesa o a una gran cometa morada lanzada al cielo. Temblando de un modo raro, como si pulsara, se acercaba oblicuamente a la tierra como algo vivo.
