
– Viene en picado.
La campana morada no descendía ya lentamente, sino que caía. Salté instintivamente a un lado.
– ¡Huye! -le grité.
El, por fin, comenzó a moverse de su sitio, pero no huía, sino que retrocedía de modo extraño hacia su "Jarkovchanka".
– ¿A dónde vas? ¡Estás loco!
La campana descendía directamente sobre su cabeza, pero él no me respondía. Pegué de nuevo mi ojo al visor de la cámara para no perder tales cuadros. Incluso mi terror desapareció, porque lo que se desarrollaba ante mis ojos era, sin lugar a dudas, un fenómeno extraterrestre que ningún operador de cine había filmado antes.
La nube disminuyó bruscamente de tamaño y adquirió un tono más oscuro. Asemejábase ahora al cáliz invertido de una gigantesca flor tropical, suspendido a seis o siete metros sobre la tierra.
– ¡Cuidado! -le grité.
Y, olvidando de repente que él era un fenómeno y no una persona, pegué un salto gigantesco e inconcebible en su dirección a fin de ayudarle. Como se aclaró después, mi salto no le podía salvar, pero acortaba a la mitad la distancia que nos separaba. Con otro salto igual lo hubiese alcanzado, pero, al intentarlo, algo semejante al golpe de una ola o viento huracanado no me dejó avanzar y me empujó hacia atrás. Estuve a punto de caer, pero me mantuve de pie y ni la cámara se desprendió de mis manos. La flor gigantesca alcanzaba ya la tierra, y sus pétalos, antes morados y ahora purpúreos, moviéndose con pulsaciones insólitas, cubrían a los dos dobles: al cruzanieves y a "mí". Pasados unos segundos tocaron ya el hielo cubierto de nieve. Junto a mi "Jarkovchanka" se levantaba ahora una colina purpúrea, que parecía burbujear o hervir sumergida en un humo morado permutable que relumbraba con chispas áureas a guisa de cargas eléctricas. Yo continuaba filmando, tratando de acercarme cada vez más a la colina morada. Un paso… otro paso… otro… Mis piernas iban adquiriendo una pesadez inexplicable, como si algo las obligara a doblarse o las atrajera hacia el hielo. Un magnetismo ignoto parecía ordenar: ¡párate! ¡ni un paso más! Y yo me detuve.
