
La colina emblanqueció levemente, el color purpúreo pasó al de frambuesa, y se levantó de repente. El cáliz invertido aumentó de tamaño y dobló hacia arriba sus bordes arrebolados. La campana se transformó de nuevo en cometa, y la nube rosada, en una concentración de gases que adquiría formas variadas bajo los embates del viento. No se notó ningún tipo de concentración o espesamiento en su interior, como si no hubiese tomado nada de la tierra; sin embargo, en el hielo sólo quedó mi "Jarkovchanka". Su misterioso doble se desvaneció tan rápido como apareció. Sólo quedó sobre el hielo la huella de las anchísimas orugas, aunque ya el viento la cubría con una frazada de nieve esponjosa. En el cielo, ocultándose tras los bordes de la pared de hielo, desaparecía la "nube". Miré mi reloj: habían pasado treinta y tres minutos desde el momento en que, volviendo en sí, marqué la hora.
Yo sentía un extraño sentimiento de alivio al comprender que algo horrible se había apartado de mi vida, horrible porque era incomprensible, y más horrible aún, porque ya empezaba a acostumbrarme a lo incomprensible como el loco se acostumbra a su delirio. Mi delirio se desvaneció junto con el gas rosado, se desvaneció también el obstáculo invisible que me impidió acercarme a mi doble. Ahora, eché a andar sin dificultad hacia mi cruzanieves y me senté en el peldaño de hierro, sin pensar que podía quedarme adherido al metal a causa de la temperatura descendente del aire. No me inquietaba nada, excepto el pensamiento de cómo explicar esta pesadilla de media hora. Una y otra vez, apretando mi cabeza con las manos, no dejaba de preguntarme en voz alta:
– ¿Qué fue en realidad lo que sucedió después del accidente?
Capítulo 4 – ¿Substancia o ser vivo?
