
– ¿Sabes lo que quiere decir la palabra cinógrafo? -le pregunté irónicamente.
– Yo sólo he combinado científicamente tus dos especialidades: camarógrafo y mecánico de cine.
– Idiota. Cinografía es la ciencia que trata de los perros.
– Siendo así, corrijo un error terminológico.
Y por cuanto no contesté, él continuó:
– La vanidad te arruinará, Yuri. Miren qué tipo más raro es éste; tiene dos profesiones y todavía cree que es poco.
Cada uno de los participantes en la expedición dominaba dos y tres profesiones. Zernov podía reemplazar al geofísico y al sismólogo, pese a que su especialidad básica era la de glaciólogo. Anatoli tenía las obligaciones de meteorólogo, enfermero y cocinero de a bordo. Vanó era mecánico y chofer del cruzanieves gigante, construido especialmente para las regiones polares y podía además reparar todo, desde una oruga rota hasta una estufa eléctrica. Yo, por mi parte, tenía a mi cargo, además de la cámara de filmar y de proyección, el compartimiento de radio. Pero lo que me empujaba hacia Vanó no era el deseo vanidoso de aumentar el bagaje de conocimientos de otra profesión, sino el amor que profesaba a este aparato llamado "Jarkovchanka".
Cuando lo vi por primera vez desde el avión, me pareció un dragón de los cuentos infantiles; empero, más cerca, al observar sus anchas patas-orugas que sobresalían más de un metro por delante del fuselaje y sus grandes ojos cuadrados de las escotillas, me dio la impresión de que estaba ante la obra de seres de un planeta extraño y remoto. Yo, que sabía conducir autos y camiones, ya había probado el cruzanieves con el permiso de Vanó, sobre la orilla helada de la estación antártica soviética Mirni. Ayer no quise arriesgarme: el día estaba nublado y ventoso; hoy, en cambio, la mañana me sedujo con su transparencia cristalina.
– Cédeme el volante, Vanó -pedí con los dientes apretados y sin mirar hacia los lados-. Por media horita.
