Vanó empezaba ya a levantarse, pero fue detenido por la voz imperiosa de Zernov:

– Nada de pruebas con el volante, Vanó, usted responderá por cualquier desperfecto en el aparato. Usted, Anojin, mejor sería que se pusiera las gafas.

Al oír su voz imperiosa, me sometí en el acto: Zernov era el jefe de la expedición y poseía un carácter inflexible; además, no dejaba de ser peligroso mirar sin gafas protectoras las miríadas de chispas encendidas por el sol helado en el valle de nieve que solo en el horizonte se ensombrecía, identificándose con el ultramarino blancuzco del firmamento. Cerca de nosotros, hasta el aire parecía resplandecer al vestirse de color blanco.

– Anojin, mire hacia la izquierda -continuó Zernov-, mejor por la escotilla lateral. ¿Nada le desconcierta?

A nuestra izquierda, a unos cincuenta metros, se levantaba una pared de hielo completamente vertical. Esta era más alta que todos los edificios que conocía. Ni los rascacielos de Nueva York podían alcanzar su orladura esponjosa superior. Fulgurando intermitentemente como una cinta de polvo diamantino, se ensombrecía hacia abajo, donde la nieve laminada se congelaba en la neviza sombría y dura. Más abajo aún, una falla de hielo, como cortada por un cuchillo gigantesco, caía perpendicularmente, reflejando, cual espejo, el azul del firmamento taciturno que se extendía sobre nuestras cabezas. En la base de esta pared, el viento acumulaba una orladura de nieve de dos metros de altura tan suave como la que descansaba sobre su cima. La pared se prolongaba ilimitada y continuamente, hasta perderse en la lejanía nívea. Daba la impresión de que gigantes poderosos de los cuentos de hadas levantaron aquí esta fortaleza fantástica para proteger o para amenazar a alguien. Pero, pese a las variadas formas y figuras del hielo antártico, éste ya no asombra a nadie. Así le respondí a Zernov, pensando intrigado, que era lo atractivo de esto para un glaciólogo.

– Esta es una meseta de hielo, Boris Arkádievich. Quizás sea un glaciar que se desliza en dirección al océano. ¿No es así?



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