
Y recibí como respuesta:
– Lo más importante de todo es que usted está vivo, Anojin. Hablando honradamente temía lo peor.
Levanté la cabeza: ante mí se encontraban Zernov y Anatoli. En tanto que Zernov me hablaba, Anatoli pisoteaba la nieve con sus esquíes y movía uno y otro bastón de esquiar. Desgreñado y grueso, con bigotes y vello en las mejillas, en vez de nuestras barbas hirsutas, Anatoli parecía haber perdido su escepticismo burlón y miraba ahora excitado y alegremente como un chiquitín.
– ¿De dónde vienen? -inquirí.
Yo estaba tan agotado que ni tenía fuerzas para sonreír.
Anatoli chilló:
– Acampamos cerca de aquí: a un kilómetro y medio o dos. Allí instalamos nuestra tienda de campaña…
– Espere, Diachuk -le detuvo Zernov-, ya tendrá tiempo para hablar de ello. ¿Cómo se siente, Anojin? ¿Cómo logró salir? ¿Qué tiempo hace de eso?
– Me hace simultáneamente muchas preguntas -le dije. Mi lengua articulaba las palabras con dificultad, como la de un borracho-. Empecemos por orden, desde el final. ¿Cuánto tiempo hace que salí? No lo sé. ¿Cómo? Tampoco lo sé. ¿Cómo me siento? Más o menos bien, sin contusiones ni fracturas.
– ¿Y moralmente?
Me sonreí al fin, pero mi sonrisa al parecer resultó falsa e insincera, porque Zernov inquirió rápido:
– ¿Acaso cree que nosotros le abandonamos a su suerte?
– Jamás lo he pensado -repuse-. Por otra parte, quiero decirles que mi destino está lleno de fantasías.
– Yo lo veo -contestó Zernov, observando nuestra desdichada "Jarkovchanka"-. Después de todo, este aparato resultó sólido: sólo se abolló levemente. Pero, en resumidas cuentas, ¿quién le sacó?
Me encogí de hombros.
El continuó:
– Por cuanto aquí no hay volcanes capaces de presionar el aparato desde abajo y expulsarlo, por tanto debemos presumir la intromisión de alguien. ¿Quién fue?
– No sé nada -respondí-. Volví en sí cuando me encontraba ya en la meseta.
