– ¿Está todo incólume ahí dentro?

– Así creo, aunque no lo he averiguado -respondí.

– Bien; desayunemos. ¿No te opones? Nosotros no hemos comido nada desde entonces.

Comprendí la maniobra psicológica de Zernov: quería atenuar mi extraña inquietud, y de ese modo crear la atmósfera apropiada para la conversación. Sentados a la mesa, en la cual devorábamos apetitosamente las malísimas tortillas de huevos hechas por Anatoli, el jefe de la expedición fue el primero en relatar lo ocurrido después del accidente en la meseta.

Cuando el cruzanieves cayó a la grieta, rompiendo la engañosa capa de nieve y se detuvo a una profundidad relativamente no muy grande, retenido por los escalones de la hendidura helada, sufrió solamente el rompimiento del vidrio exterior de la escotilla. En la cabina no se apagó ni la luz. Anatoli y yo, sin embargo, perdimos el conocimiento. Zernov y Vanó se mantuvieron en sus sitios; afortunadamente no sufrieron más que leves contusiones y en el acto trataron de que Diachuk y yo recobrásemos el conocimiento, Diachuk volvió en sí rápidamente, aunque su cabeza le daba vueltas y las piernas estaban blandas como el algodón. "Es una leve conmoción cerebral" afirmó. "Pasará pronto. Será mejor que veamos cómo está Anojin". Hacía ya el papel de médico. Lo arrastraron hasta donde yacía yo y los tres juntos esforzáronse en que yo volviera en sí; pero ni el amoníaco, ni la respiración artificial pudieron lograrlo. "Creo que ha sufrido un shock" indicó Anatoli. Vanó, a través de la escotilla superior, logró ya llegar al techo del cruzanieves y comunicó que era posible salir fácilmente de la grieta. Sin embargo, la proposición de sacarme del cruzanieves recibió firme rechazo por parte de Anatoli, quien señaló: "Debemos cuidarle del frío. A mi juicio, ya el shock está concluyendo y llegará pronto un estado de sueño que liberará las defensas naturales de su organismo".



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