A la sazón Anatoli estuvo a punto de perder el conocimiento; la tripulación decidió comenzar la evacuación por él y dejarme a mí cierto tiempo en la cabina. Entonces, tomaron los esquíes, el trineo, la tienda de campaña, el horno portátil, las briquetas de calefacción, la linterna y parte de las provisiones. Pese a que el cruzanieves se atascó firmemente y no había peligro de más caídas, ellos no deseaban proseguir al borde del precipicio. En ese momento Zernov les hizo recordar el hueco en la pared helada, semejante a una gruta natural, no lejos del sitio del accidente y se decidió llevar primeramente a Anatoli hacia ese lugar, levantar allí la tienda de campaña y luego regresar por mí. Así lo hicieron. En treinta minutos llegaron a la gruta. Zernov, junto con Anatoli que ya se había restablecido completamente, se quedaron a fin de arreglar la tienda de campaña, en tanto que Vanó, con el trineo vacío, regresaba por mí. Luego sucedió lo que ellos pensaban que era una locura pasajera de Vanó. No había transcurrido ni una hora desde el momento de su partida, cuando regresó corriendo con los ojos dementes, en un estado de excitación febril. El cruzanieves, según sus palabras, en vez de estar en la grieta, se encontraba en la meseta; además, a su lado había otro idéntico con la misma abolladura en el vidrio delantero y en cada cruzanieves me encontraba yo sin conocimiento, acostado en el suelo. Al ver eso dio un grito de terror creyendo que había enloquecido y huyó de vuelta; al regresar bebió de golpe un vaso lleno de alcohol y renunció categóricamente a volver por mí, declarando que estaba acostumbrado a tener asuntos con personas, pero no con Reinas de las Nieves. Entonces, Zernov y Anatoli salieron en mi busca.

Como respuesta, empecé a relatarles mi historia, la cual era más asombrosa que el delirio de Vanó. Me escuchaban crédula y apasionadamente, como escuchan los niños los cuentos de hadas. Ni una sola sonrisa escéptica asomó a sus labios, a excepción del farfulleo insistente de Diachuk: "¿Y luego? ¿Y luego?". Los ojos de ambos brillaban de tal modo que, en mi opinión, tanto Diachuk como Zernov debían repetir lo que hizo Vanó con el vaso de alcohol. Cuando concluí, ambos permanecieron en silencio un rato muy largo, prefiriendo, por lo visto, escuchar mis explicaciones.



23 из 248