
– ¡Qué veterano! -dijo sonriendo Zernov, insinuando que era mi segunda visita al Polo Sur-. ¿Por qué dice usted que este glaciar se desliza en dirección al océano? ¿No sabe Usted que estamos en el interior del continente y muy lejos del océano? -Hizo silencio y luego, pensativo, agregó-: Deténgase, Vanó. Veamos esto más de cerca. Es un fenómeno bastante interesante. Vístanse, compañeros, y que no se le ocurra a nadie salir corriendo sin suéter.
De cerca, la pared resultó ser más hermosa: era una lámina azul increíblemente bella, un pedazo de cielo cortado hasta el horizonte. Zernov hizo mutis, como si la majestuosidad del espectáculo o su incomprensión le hubiesen aplastado. Miró prolongadamente la orladura nevada en la cresta de la pared; después, hundiéndonos en la incertidumbre, observó el suelo bajo las plantas de sus pies, pisoteó la nieve y la pateó hacia los lados. Nosotros le contemplábamos sin poder desentrañar la inquietud que le dominaba.
– Presten atención a la nieve que yace bajo nuestras plantas -dijo de pronto.
Pisoteamos la nieve, como él, y descubrimos que bajo la fina capa de ésta descansaba una capa dura de hielo.
– Esto es una pista de patinar -afirmó Diachuk-. Es un plano ideal que construyó el propio Euclides.
Pero Zernov no bromeaba.
– Estamos sobre hielo -continuó pensativo-. La nieve no tiene más de dos centímetros de espesor. Pero observen que sobre la pared tiene muchos metros. ¿Y por qué? Aquí hay un mismo clima, azotan vientos afines y existen las mismas condiciones para la acumulación de nieve. ¿Tienen ustedes algunas conjeturas?
Nadie respondió. Zernov continuó razonando.
– La estructura del hielo, por lo visto, es la misma, así como la superficie. Yo tengo la impresión de que éste es un corte artificial. Y si quitáramos esta fina capa de nieve que descansa bajo nuestros pies, encontraríamos el mismo corte. Pero esto es absurdo.
