Se trataba de unas nubes misteriosas de color rosado cuya aparición habían difundido por la radio de MacMurdo los miembros de la expedición invernal norteamericana. Unas nubes, parecidas a dirigibles rosados, habían pasado sobre la isla Ross. Fueron divisadas sobre la tierra Adelia y en la región del glaciar Shackleton. Un piloto norteamericano dio con ellas a trescientos kilómetros de la estación Mirni. Nikolái Samóilov recibió el radiograma, al cual el radioperador del avión añadió por su propia cuenta: "Las acabo de ver con mis propios ojos. ¡Diablos! ¡Corrían por el cielo como los cerditos de Walt Disney!"

Pero esta información sobre las nubes rosadas no tuvo gran resonancia en la sala de Mirni. Las réplicas escépticas se oían con más frecuencia que las objeciones de contenido serio. A la sazón, Zhora Bruk, el rey de las bromas, atacó al sismólogo veterano, quien era bastante flemático:

– ¿Ha oído hablar de los platillos volantes?

– Sí, ¿y qué?

– ¿Y sobre el banquete en MacMurdo?

– También, ¿y qué?

– Estuvo usted presente cuando el corresponsal de "Life" partía para Nueva York?

– Bien, ¿y qué?

– Pues las bolas periodísticas rosadas llegaron a la redacción junto con él.

– ¡Vete al…!

Zhora se sonreía y sus ojos buscaban una nueva víctima. Su mirada me esquivó, presumiendo quizás que él no estaba lo suficientemente fuerte como para jugar conmigo. Yo cenaba junto con el glaciólogo Zernov, que era apenas ocho años mayor que yo, pero que podía rubricar su firma con la palabra "profesor". Realmente no estaba mal ser doctor en ciencias a la edad de treinta y seis años, pese a que estas ciencias (tengo inclinación hacia las humanidades) no me parecían tan trascendentes como para coadyuvar al progreso de la humanidad. En una ocasión se lo hice saber a Zernov y como respuesta me interpeló:



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