
– ¿Sabe usted la cantidad de hielo y nieve que hay en la Tierra? La Antártida tiene, en invierno, una superficie de hielo de 22 millones de kilómetros cuadrados; el Ártico, 11 millones. Agreguemos además las orillas del Océano Glacial y Groenlandia. Sumemos a todo esto las cimas heladas y glaciares, exceptuando los ríos congelados en invierno. ¿Qué resulta? Que todo eso forma la tercera parte de la tierra firme. El continente glacial es dos veces mayor que África. Ya ve que no es tan insignificante para el progreso humano.
Me tragué todo ese hielo junto con la recomendación piadosa de que yo aprendiera algo durante mi estancia en la Antártida. Desde entonces, Zernov comenzó a prestarme una atención especial y, el día que comunicaron sobre las "nubes" rosadas, durante la comida, me propuso de improviso:
– ¿Querría usted dar un pequeño paseo por el interior del continente? Unos trescientos kilómetros.
– ¿Con qué objeto?
– Nos proponemos comprobar la veracidad de la información norteamericana con respecto a las "nubes" rosadas. Todos dicen que esto es una cosa muy poco verosímil. Pero, sea como fuese, es nuestra obligación prestarle cierta atención. Y usted, en especial, ya que debe filmar con película de color, puesto que las "nubes" son rosadas.
– ¡Vaya, vaya! -objeté-. Esto no es más que un fenómeno óptico corriente.
– No sé. Declino negarlo categóricamente. En la información se dice que su color es independiente de cualquier iluminación. No está descartado, sin embargo, que sea una mezcla de aerosol de origen terrestre o, digamos, polvo meteorítico del espacio cósmico. A decir verdad, me interesa otra cosa.
– ¿Qué?
– El estado del hielo en esa área.
En aquel entonces no les di importancia a las palabras de Zernov, pero me vinieron a la mente ahora, cuando éste razonaba en voz alta frente a la misteriosa pared de hielo. Él, evidentemente, relacionaba ambos fenómenos.
