Al cabo de un mes, todavía estaba afectado por la noticia. El matrimonio era algo que le aterrorizaba, pero la idea de tener un hijo le hacía sentir verdadero pavor. Peter conversó con Sarah un día en que ella acudió a casa de sus cuñados a cenar. Ellos ya sabían que no era feliz en su matrimonio. Nadie más lo sabía, pero ella confiaba en ambos desde que le confesó a su hermana lo del embarazo.

– Algunos hombres sienten terror ante este tipo de responsabilidades. Eso quiere decir que todavía han de madurar. Confieso que, al principio, a mí me pasó lo mismo -dijo, al tiempo que miraba a Sarah con ternura-. Ya sé que la sensatez no es la mejor cualidad de Freddie, pero con el tiempo quizá se dé cuenta de que ser padre no es ninguna cosa horrible que te prive de libertad. Los crios son mucho más llevaderos cuando todavía son pequeños. Pero es posible que pases momentos muy duros hasta que lo tengas.

Peter trataba de ser benévolo con Sarah, con todo y que solía decirle a su mujer que Freddie era un verdadero malnacido. Sin embargo, no quiso decirle a su cuñada lo que pensaba. Prefirió ofrecerle todo su apoyo.

Pero tampoco eso logró animarla mucho. El comportamiento de Freddie y su afición a la bebida no hicieron sino empeorar. Sarah necesitaba toda la ayuda que le prestaba Jane para soportarlo. Un día, se la llevó de compras. Al llegar a Bonwit Teller, en la Quinta Avenida, Sarah palideció de repente, dió un traspiés, y cayó sobre los brazos de su hermana.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Jane, asustada.

– Nada…, estoy bien. No sé qué me ha ocurrido.

Había sentido un dolor terrible, pero ya se le había pasado.

– ¿Qué tal si nos sentamos?

Jane se apresuró a pedir a alguien una silla y un vaso de agua, en el momento en que Sarah le apretó de nuevo la mano. Unas gotas de sudor descendían por la frente, y su cara adquirió un color verde grisáceo.



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