
– Sí, hablo en serio.
Al contemplar sus ojos, Freddie supo que no mentía.
– Lo que me faltaba. ¿No te parece que es un poco pronto? Yo creía que tomabas precauciones.
Parecía molesto y nada entusiasmado con la noticia. Ella sintió que algo espeso le recorría la garganta, y rogó a Dios no hacer el ridículo delante de su marido.
– Yo también lo creía así -dijo entre sollozos.
Freddie se le acercó y le acarició el cabello, como a una hermana pequeña.
– No te preocupes más, todo saldrá bien. ¿Cuándo será el acontecimiento?
– En agosto.
Se esforzó por no llorar, pero era difícil controlarse. Por lo menos no estaba furioso, tan sólo contrariado. Al fin y al cabo, ella tampoco se había emocionado al enterarse. En esto no diferían mucho. Pero estaban tan poco tiempo juntos, hablaban tan poco, disfrutaban de tan poco calor de hogar.
– Peter y Jane también van a tener uno.
– Mejor para ellos -atajó con un deje de sarcasmo, pensando en qué iba a hacer con su mujer.
Para él, el matrimonio había llegado a convertirse en una carga mucho más inaguantable de lo que cabía esperar. Tenía una esposa que se pasaba la vida en casa, a la espera de que él regresara para atraparlo. Al bajar la mirada se encontró a una madre joven, más desconsolada y angustiada que nunca.
– Para nosotros no lo es tanto, ¿verdad?
Se le escaparon dos lágrimas, que le recorrieron lentamente las mejillas.
– El panorama no es muy halagüeño. Aunque no sé cómo lo llamarías tú.
Sarah hizo un gesto con la cabeza, y él salió de la habitación. No se volvieron a hablar hasta media hora más tarde, cuando Freddie se aprestaba a salir. Había quedado para comer con los amigos aunque no comentó a qué hora volvería. De hecho, nunca lo hacía. Sarah se pasó toda la noche llorando, hasta que apareció él, a las ocho de la mañana. Se hallaba inmerso en tal estado de embriaguez que no pudo ni llegar hasta el dormitorio, pues tropezó con el sofá de la salita. Ella le oyó entrar, pero lo encontró completamente inconsciente.
