Transcurrirían varias horas antes de que los médicos les permitieran visitarla de nuevo, así que Peter regresó a la oficina, e hizo prometer a Jane volver al mediodía a casa para poder descansar y recuperarse de la inquietud que experimentaba. Después de todo, ella también esperaba un hijo, y con una desgracia ya era bastante.

Intentaron encontrar a Freddie, pero había salido, como de costumbre, y nadie sabía dónde estaba ni a qué hora volvería. A la criada también le había afectado mucho el accidente de la señora Van Deering, y prometió dar cuenta de lo sucedido al señor para que llamara al hospital o se presentara a la mayor brevedad, algo que, como ya sabían todos, era bastante improbable.

Cuando pudieron visitarla otra vez, Sarah seguía sollozando.

– Toda la culpa es mía… -se lamentaba sin cesar-. No lo deseaba lo suficiente… Me sentía desconsolada porque Freddie se disgustó al saberlo, y ahora…

Al ver que no reaccionaba, la madre la tomó entre sus brazos. Las tres mujeres no hacían más que llorar, y finalmente tuvieron que calmar a Sarah con un sedante. Como debía permanecer ingresada durante algunos días, Victoria avisó a las enfermeras que esa noche se quedaría con su hija. Tras enviar a casa a Jane en un taxi, habló largo rato por teléfono con su marido, desde el vestíbulo.

Cuando Freddie regresó a casa, le sorprendió encontrar a su suegro, que le esperaba en la sala de estar. Por fortuna, había bebido menos de lo habitual, por lo que estaba sobrio, algo sorprendente si tenemos en cuenta que ya pasaba de medianoche. La velada estaba siendo de lo más aburrida, por lo que decidió volver pronto a casa.

– ¡Cielo Santo! ¿Qué…, qué hace usted aquí?

Sintió un gran sofoco, y le lanzó una de sus generosas e infantiles sonrisas. Entonces se dio cuenta de que debía de haber ocurrido algo muy grave para que Edward Thompson le estuviera esperando en su apartamento a aquellas horas.



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