Su propio marido le parecía un extraño. No en vano, desde que había perdido el niño no aparecía por casa más que para cambiarse de ropa. Se iba de juerga cada noche, aprovechando que ella no podía enterarse. Volver a tenerla en casa le causaba una desagradable sensación de cautiverio.

Tras pasar la tarde con ella, le explicó que había quedado en ir a comer con un viejo amigo para hablar de un trabajo, y que era muy importante. Sabía que, con ese subterfugio, su mujer no pondría ninguna objeción. Y así fue, aunque ella se sintió decepcionada al no poder pasar la primera noche juntos en casa. Lo que ya fue intolerable fue el estado en que regresó a las dos de la madrugada; se quedó abatida al comprobar que el portero tuvo que ayudarle a subir hasta la puerta, sujetándolo para que no se cayera; ni siquiera parecía capaz de reconocer a su mujer. Una vez que el portero le ayudó a acomodarse en un sillón del dormitorio, Freddie le entregó un billete de cien dólares, farfullando que era un tío formidable y un gran amigo. Sarah contempló con repugnancia cómo se acercó tambaleante hasta la cama y quedó postrado en ella, totalmente inconsciente. Con lágrimas en los ojos y después de observarlo durante un largo rato, decidió dormir en la habitación de los invitados. Una vez se hubo alejado de él se le partió el corazón al pensar en la criatura malograda y en el marido que nunca había tenido y que jamás tendría. Por fin se dio cuenta de que su matrimonio con Freddie nunca sería más que una farsa, un sentimiento vacío, una fuente eterna de sufrimiento y decepción. La soledad de la habitación de los huéspedes le aterrorizaba. Ya no podía disimular la verdad por más tiempo. Su marido era un borracho y un vividor. Y lo peor de todo es que le asustaba la idea de divorciarse; sería una deshonra para sus padres y para ella misma.

Aquella noche, mientras yacía en la solitaria cama de los invitados, pensó en el largo y tormentoso camino que le quedaba por delante. Una vida de soledad, junto a Freddie.



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