Al día siguiente le envió unas rosas rojas. Volvió a visitarla en el hospital y luego continuó haciéndolo, ya en casa de los padres de ella.

Él nunca le hablaba del niño. Pero se esforzaba por conversar. Le sorprendía sentirse tan violento cada vez que se encontraba con ella. Era como si de la noche a la mañana se hubieran convertido en seres extraños, como si ya no se conocieran. La verdad es que nunca lo hicieron. El problema consistía en que les costaba ocultarlo muchísimo más que antes. Freddie no compartía el pesar de su mujer. Repetía sus visitas tan sólo porque pensaba que era su obligación, y que el padre de Sarah lo mataría si no hacía ese esfuerzo.

Cada mediodía se presentaba en casa de los Thompson, pasaban una hora juntos, y después se marchaba a comer con sus amigos. Ni siquiera tenía la delicadeza de cambiar sus costumbres para llegarse a verla por la tarde. Aquello tenía su explicación. A diferencia de cuando la visitaba, con los amigos vestía trajes elegantes y no quería que ni Sarah ni sus padres lo vieran así. Realmente le fastidiaba ver a Sarah padecer tanto por la pérdida del niño, entre otras cosas porque ella aún tenía el dolor reflejado en el rostro. Eso no podía soportarlo, como tampoco soportaba la idea de tener que demostrar aflicción, o incluso peor, la de tener otro hijo. Sucumbió ante toda esa presión, y ello agravó su adicción a la bebida. Salía constantemente. Cuando consideraron llegado el momento oportuno para que Sarah volviera con él, Freddie se encontraba inmerso en un proceso de desmoronamiento interior del que nadie podía rescatarle. Bebía tanto que hasta algunos de sus amigos empezaron a preocuparse.

Con todo, se vio en la obligación de ir a buscar a Sarah a casa de sus padres. A la vuelta, la criada les esperaba en el piso. Aunque todo estaba limpio y ordenado, Sarah se sentía incómoda en aquella casa, como si no fuera la suya, como si nunca le hubiera pertenecido.



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