Sarah por naturaleza se mostraba más reservada, excepto en compañía de William. Él hizo florecer lo mejor de ella. Le había dado todo, como ella decía a menudo, todo en lo que se había interesado, deseado o necesitado. Sonrió mirando por la ventana los verdes jardines, recordando cómo empezó todo. Tenía la impresión de que apenas habían transcurrido unas pocas horas… días… Le parecía imposible que estuviera a punto de cumplir setenta y cinco años. Sus hijos y nietos vendrían a celebrarlo, y al día siguiente lo harían cientos de personas importantes y famosas. La fiesta le parecía una locura, pero sus hijos insistieron con obstinación. Julian lo había organizado todo, e incluso Phillip la había llamado una docena de veces desde Londres para asegurarse de que todo iba bien. Xavier le había prometido que vendría en avión para asistir a la fiesta sin importar donde estuviera, si en Botswana, Brasil o Dios sabe dónde. Ahora los esperaba, de pie junto a la ventana, con la respiración entrecortada, percibiendo la agitación de su espíritu. Llevaba puesto un sencillo vestido negro Chanel, algo viejo, pero de bonito corte. Con él hacían juego unas perlas que se ponía con frecuencia, y que asombraban a las personas que las veían por primera vez. Le habían pertenecido desde la guerra, y si hubiera decidido venderlas ahora podría haberlo hecho por más de dos millones de dólares. Pero a Sarah nunca se le habría pasado por la cabeza; las llevaba simplemente porque les tenía cariño, porque eran suyas, y porque William insistió en que las conservara. «La duquesa de Whitfield ha de tener perlas como éstas, amor mío.» Él había bromeado cuando se las probó sobre un viejo suéter de su marido, que usaba para trabajar en el jardín.

– Es una terrible vergüenza que las perlas de mi madre fueran tan insignificantes en comparación con éstas -comentó.

Ella se rió, y entretanto, él se acercó y le dió un beso. Sarah Whitfield tenía muchas cosas bellas, su vida había sido maravillosa, y era una persona realmente extraordinaria.



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