E Isabelle en algún lugar del sur de Francia, en su adolescencia…, y ambos recién nacidos en los brazos de Sarah. William hizo las fotografías conteniendo las lágrimas que le brotaban de los ojos cuando miraba a Sarah con las criaturas. Y Elisabeth, tan pequeña, de pie junto a Phillip, en una fotografía tan amarillenta que apenas si podía verse con nitidez. Pero, como de costumbre, al mirar las fotografías y evocar esos días, a Sarah se le saltaban las lágrimas. La vida se había portado bien con ella, aunque no fue fácil, ni mucho menos.

Permaneció contemplando las fotografías durante un buen rato, reviviendo cada momento, acariciando aquellos recuerdos, aunque con cuidado de evitar los que fueran demasiado dolorosos. Suspiró, y se alejó de la mesa para volver junto a la ventana.

Era alta, de porte distinguido y espalda erguida, y movía la cabeza con el garbo y la elegancia propios de una bailarina. Su cabello era blanco como la nieve, aunque antaño brillara como el ébano. Sus enormes ojos verdes tenían el profundo color oscuro de las esmeraldas. De entre sus hijos sólo Isabelle tenía sus ojos, aunque no tan oscuros como los de Sarah. Pero ninguno de ellos poseía su fuerza y estilo, ni la fortaleza, determinación y entereza para afrontar lo que la vida le había deparado. Habían tenido una vida más fácil que la suya, y se sentía muy agradecida por ello. Aunque, por otra parte, se preguntaba si sus constantes atenciones no los habrían echado a perder, si no los habría consentido en exceso, contribuyendo así a convertirlos en personas débiles de carácter. No es que se pudiera decir que Phillip fuera apocado, ni Julian, ni Xavier… ni siquiera Isabelle. Y, sin embargo, Sarah tenía algo de lo que carecían todos ellos, una entereza de espíritu que parecía emanar de ella cuando se la miraba. Era un poder que la gente percibía fácilmente y que hacía que, la quisieran o no, todos la respetaran. William también era así, aunque más efusivo, y más claramente satisfecho de la vida y sus circunstancias.



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