
El compromiso matrimonial de Sarah con Freddie no supuso ninguna sorpresa para su familia, ya que todos conocían a los Van Deering desde hacía años; y aunque conocían menos a Freddie, pues había pasado varios años en un internado, lo habían visto con frecuencia en Nueva York, cuando él estudiaba en Princeton. Se graduó en junio del mismo año en que se comprometieron, y desde aquel solemne acontecimiento destacó por su afición a las fiestas, aunque también encontraba tiempo para cortejar a Sarah. Era un joven inteligente y dinámico, y siempre gastaba bromas a sus amigos, con el firme propósito de que todos, y en especial Sarah, se lo pasaran bien allí donde fueran. Rara vez se le veía serio y siempre solía bromear. A Sarah le fascinaba su galantería y le divertía su buen humor. Era una persona alegre, de conversación agradable, y sus risas y su buen humor acababan por contagiarse. Todos querían a Freddie, y a nadie parecía importarle su falta de ambición para los negocios excepto tal vez al padre de Sarah. Sin embargo, todos sabían muy bien que podría vivir sobradamente de la fortuna familiar aunque no trabajara nunca. Pero el padre de Sarah consideraba necesario que un joven como él entrara en el mundo de los negocios, con independencia de su fortuna o la de sus padres. Él mismo tenía un banco y, justo antes de hacer oficial el compromiso, habló largo y tendido con Freddie acerca de sus planes. Su futuro yerno le aseguró que tenía intención de labrarse un porvenir. De hecho, le habían ofrecido un puesto excelente en J. P. Morgan & Co., en Nueva York, además de otro incluso mejor en el banco de Nueva Inglaterra en Boston. Una vez pasado Año Nuevo, Freddie estaba dispuesto a aceptar uno de los dos; esa decisión agradó sobremanera al señor Thompson, y fue entonces cuando consintió que el noviazgo siguiera adelante.
