Ese año, las vacaciones fueron muy divertidas para Sarah. Se celebraron interminables fiestas para festejar su compromiso, y noche tras noche salían, se divertían, se veían con los amigos y bailaban hasta altas horas de la madrugada. Patinaban con despreocupación en Central Park, organizaban comidas, cenas y numerosos bailes. Sarah advirtió que, durante ese período, Freddie parecía haberse aficionado a la bebida, pero por mucha que fuera la cantidad de alcohol ingerida, siempre se mostraba inteligente, educado y extremadamente encantador. Todo el mundo en Nueva York adoraba a Freddie van Deering.

La boda estaba prevista para junio, y ya en primavera Sarah desarrolló una actividad incesante supervisando la lista de boda, y acudiendo a las pruebas para su vestido de novia así como a numerosas fiestas con los amigos. Sentía como si la cabeza le diera vueltas. Durante esos meses, rara vez conseguía estar a solas con Freddie, y daba la impresión de que su única ocasión de encuentro eran las fiestas. Freddie ocupaba el resto del tiempo con sus amigos, quienes lo «preparaban» para el decisivo paso de la vida en matrimonio.

Sarah era consciente de que deberían haber sido momentos de alegría, aunque en realidad no era así, tal y como le confesó a Jane en mayo. Era un verdadero torbellino de acontecimientos, todo parecía fuera de control y ella estaba totalmente agotada. Sarah acabó por llorar una tarde, después de probarse por última vez el vestido de novia, mientras su hermana le entregaba muy dulcemente su pañuelo bordado y le acariciaba con suavidad el pelo largo y oscuro, que le caía por los hombros.

– No pasa nada. Le sucede a todo el mundo antes de casarse. Se supone que todo esto es muy bonito, pero en realidad es muy difícil. Pasan tantas cosas de golpe que no tienes un solo momento de tranquilidad para pensar, sentarte o estar a solas… Yo también lo pasé muy mal antes de mi boda.



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