
Margaret observó a su madre, cuya mirada estaba fija en Hardegen. Dorothy adoraba a Hardegen, al que trataba prácticamente como miembro de la familia. En su momento dejó bien claro que prefería a Hardegen en detrimento de Peter. Hardegen procedía de una familia de Maine adinerada y conservadora, no tan rica como los Lauterbach, pero sí lo bastante cerca de ellos como para sentirse cómodos. Peter pertenecía a una familia irlandesa de clase media baja y se crió en el West Side de Manhattan. Podría ser un brillante ingeniero, pero jamás sería «uno de los nuestros». La disputa amenazó con destruir las relaciones entre Margaret y su madre. Y a ella puso fin Bratton, que no se mostró dispuesto a tolerar reparo alguno a la elección de esposo que hiciera su hija. Margaret se casó con Peter en una boda de cuento de hadas que se celebró en el mes de junio de 1935 en la iglesia episcopaliana de St. James. Hardegen figuró entre los seiscientos invitados a la ceremonia. Bailó con Margaret durante la fiesta y se comportó como un perfecto caballero. Incluso se quedó a presenciar la partida de la pareja hacia Europa, en un viaje de luna de miel que se prolongaría durante dos meses. Fue como si el incidente del Copacabana jamás hubiese ocurrido.
Los criados sirvieron el almuerzo, salmón fresco escalfado, y la conversación derivó inevitablemente hacia la guerra que se avecinaba en Europa.
– ¿Hay algún modo de detener ahora a Hitler o Polonia va a acabar convertida en la provincia más oriental del Tercer Reich? -preguntó Bratton.
Abogado, así como hábil inversionista, Hardegen había asumido la misión de desembarazar al banco de sus inversiones en Alemania y de otras arriesgadas operaciones europeas. Dentro de la empresa bancaria solían aludir afectuosamente a él como «nuestro nazi interno», a causa de su apellido, su perfecto alemán y sus frecuentes viajes a Berlín. Mantenía también una red de excelentes contactos en Washington y actuaba como encargado del servicio de información del banco.