Mantuvieron en secreto el incidente. Ni siquiera Peter lo sabía. Hardegen ascendió con rapidez eh el escalafón del banco y se convirtió en el empleado de mayor confianza de Bratton. Margaret notaba la existencia de una latente tensión entre Hardegen y Peter, una competitividad natural. Ambos eran jóvenes, apuestos, inteligentes y triunfadores. La situación empeoró a principios de aquel verano, al enterarse Peter de que Hardegen se oponía a que se le prestase dinero para montar la empresa de ingeniería.

– Normalmente no soy lo que se considera un entusiasta de Wagner, y menos aún en el clima político actual -especificó Hardegen, e hizo una pausa para tomar un sorbo de su copa de vino blanco frío mientras los demás celebraban el comentario con una risita-. Lo que sí les recomiendo, sin embargo, es que no se pierdan a Herbert Janssen en su interpretación del Tanhäuser que se representa en el Metropolitan. Es una maravilla.

– He oído ponerlo por las nubes -confirmó Dorothy.

Le encantaba charlar de ópera y de teatro, comentar las novedades literarias y las películas que se estrenaban. Y a pesar de la enorme cantidad de trabajo que le abrumaba, Hardegen solía arreglárselas para verlo y leerlo todo y para complacer a Dorothy en ese aspecto. El de las artes era un tema seguro, a diferencia de los asuntos familiares y los cotilleos, cuestiones que Dorothy aborrecía.

– Vimos a Ethel Merman en el nuevo musical de Cole Porter -dijo Dorothy cuando sirvieron el primer plato, ensalada de gambas frescas-. El título se me ha ido de la cabeza.

– Dubarry era una dama -apuntó Hardegen-. Me fascinó.

Hardegen continuó hablando. Había ido la tarde anterior a Forest Hill, donde vio ganar su partido a Bobby Riggs. Opinaba que Riggs era el ganador fijo del Abierto de aquel año.



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