Para verlo mejor, se puso de puntillas y deslizó por debajo de los números la punta del dedo índice sucia de pintura. Su difunta madre siempre se quejaba acerbamente de las manchas de pintura. Opinaba que no era propio de una dama tener constantemente la mano manchada. Nunca dejó de desear que Beatrice tuviese una afición más limpia, que dedicara su tiempo libre a la música, que emprendiese alguna tarea de voluntariado, incluso que le diese por escribir, aunque la madre no se llevaba nada bien con los escritores.

– Maldita sea -murmuró Beatrice, con la yema del índice aún pegada al cuadro indicador de las horas del servicio de autobuses. Normalmente, Beatrice siempre era puntual hasta la inmoralidad. En una vida sin responsabilidades financieras, sin amigos, sin familia, Beatrice se había establecido un riguroso plan personal. Hoy se había apartado del mismo, al seguir pintando durante demasiado tiempo y al emprender la vuelta a casa demasiado tarde.

Separó la mano del horario y se la llevó a la mejilla; su rostro se contrajo en una expresión preocupada. «Tiene la misma cara de su padre», solía decir siempre la madre en tono de desesperación: frente ancha y plana, nariz grande y noble, barbilla hundida. A los treinta recién cumplidos, su cabellera tenía un color prematuramente gris.

Se inquietó, sin saber qué hacer. Había por lo menos ocho kilómetros hasta Ipswich, donde estaba su casa, demasiada distancia para ir a pie. A primera hora del atardecer aún habría suficiente tráfico por la carretera. Y tal vez alguien se hubiera brindado a llevarla.

Dejó escapar un largo suspiro de frustración. Se le heló el aliento, cuyo vapor flotó durante unos segundos frente a su rostro y luego voló impulsado por el gélido viento del pantano. Las nubes se fragmentaron y por los espacios celestes que acababan de abrirse apareció una luna rutilante. Beatrice levantó la mirada y vio el aura de hielo que rodeaba el satélite. Se estremeció y por primera vez notó el frío.



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