
Vio al vehículo desviarse a un lado de la carretera y detenerse junto a la cuneta.
La mano, visible bajo la brillante claridad de la luna, le pareció a Beatrice un tanto extraña. Asomó por la ventanilla de la parte del conductor segundos antes de que la furgoneta se detuviera e hizo señas indicando a la muchacha que siguiera adelante. Beatrice observó que llevaba un grueso guante de cuero, la clase de guante que usan los trabajadores que transportan cosas. Un obrero de mono azul oscuro, tal vez.
La mano hizo una seña más. Y, de nuevo, hubo algo en su movimiento que no resultaba del todo normal. Beatrice era una artista, y los artistas conocen bien cuanto se refiere al movimiento y la fluidez. Y había algo más. Cuando la mano se movió, entre el extremo de la manga y la base del guante quedó expuesta la piel. A pesar de la menguada luz, Beatrice observó que la piel era blanca, carecía de vello -no era la muñeca propia de ningún trabajador que ella hubiese visto nunca- y resultaba insólitamente fina.
Sin embargo, Beatrice no experimentó la menor alarma. Aceleró el paso y en pocas zancadas se llegó a la portezuela del asiento del pasajero. La abrió y puso sus cosas en el suelo del vehículo, delante del asiento. Abultaban tanto que casi no le quedaba espacio para acomodarse allí. Después miró por primera vez el interior de la furgoneta y observó que el conductor no estaba tras el volante.
En los últimos segundos de su vida consciente, Beatrice Pymm se preguntó por qué iba a utilizar alguien una furgoneta para trasladar una moto. Pero allí estaba, descansando en la parte lateral del departamento de carga trasero, junto a dos bidones de gasolina.
