Aún de pie al lado de la furgoneta, Beatrice cerró la portezuela y llamó en voz alta. No obtuvo respuesta.

Unos segundos después oyó el ruido de unas botas de cuero sobre la grava.

El sonido se repitió, más cerca.

Volvió la cabeza y vio al conductor allí de pie. Le miró a la cara, pero no vio más que una negra máscara de lana. Dos minúsculos estanques azul claro la contemplaban gélidamente detrás de los agujeros que eran los ojos. Unos labios que parecían femeninos, ligeramente entreabiertos, rutilaban más allá de la hendidura de la boca.

Beatrice abrió la boca para chillar. Apenas consiguió emitir un breve jadeo antes de que la mano enguantada del conductor se oprimiera contra su boca. Los dedos se clavaron en la carne suave de la garganta. El guante tenía un sabor horrible: a polvo, a gasolina y a sucio aceite de motor. Las náuseas silenciaron a Beatrice, que acto seguido devolvió los restos de su almuerzo campestre: pollo asado, queso azul Stilton y vino tinto.

Notó luego la presión de otra mano que exploraba su cuerpo alrededor del seno izquierdo. Durante unos segundos, Beatrice pensó que los temores de su madre acerca de la violación estaban fundados. Pero la mano que le rozaba el seno no era la de un violador ni la de un adicto a los abusos sexuales. Era una mano hábil, diestra como la de un médico, y curiosamente delicada. Se trasladó del pecho al costado y endureció la presión. Beatrice dio un respingo, se le escapó un grito ahogado y mordió con fuerza la mano que le tapaba la boca. El conductor no dio muestras de que los dientes de la muchacha hubiesen atravesado la tela del guante.

La mano llegó a la parte inferior de las costillas y sondeó la carne blanda de la parte superior del abdomen. No fue más lejos. Un dedo continuó ejerciendo su presión sobre aquel punto. Beatrice percibió un agudo chasquido. Un instante de espantoso dolor, un estallido de refulgente luz blanca.



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