
La asesina se prometió robar una furgoneta mejor la próxima vez.
Las cuchilladas en el corazón, por regla general, no producen la muerte instantánea. Incluso aunque el arma profundice hasta una aurícula, el corazón continúa latiendo durante cierto tiempo, hasta que la víctima se desangra y muere.
Mientras la furgoneta traqueteaba carretera adelante, la cavidad pectoral de Beatrice Pymm fue llenándose rápidamente de sangre. El cerebro de la muchacha se acercó a algo muy semejante al estado de coma. Tuvo la sensación de que estaba a punto de morir.
Recordó las advertencias de su madre acerca de encontrarse sola en la madrugada. Notó la húmeda viscosidad de su propia sangre, que le brotaba del cuerpo y le empapaba la blusa. Se preguntó si el cuadro se habría estropeado.
Oyó un canturreo. Una canción bonita. Tardó un poco, pero al final se dio cuenta de que el conductor no cantaba en inglés. Aquella canción era alemana y la voz pertenecía a una mujer.
Luego, Beatrice Pymm murió.
Primera parada, diez minutos después, en la orilla del río Orwell, en el mismo lugar donde Beatrice Pymm había estado pintando aquel día. La asesina dejó en punto muerto el motor de la furgoneta y se apeó. Anduvo hasta la portezuela del asiento del pasajero, la abrió y sacó de la furgoneta el caballete, la tela y la mochila.
Colocó de pie el caballete muy cerca del pausado curso de las aguas del río y puso encima la tela. La asesina abrió la mochila, sacó las pinturas y la paleta y lo depositó todo en el húmedo suelo. Echó un vistazo al lienzo inacabado y le pareció una obra bastante buena. Era una lástima que no hubiese podido matar a alguien con menos talento.
